¿Envases inteligentes?

¿Envases inteligentes?

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Como prueba evidente de que el lenguaje publicitario se apropia de nuestro mundo y lanza adjetivos a troche y moche para llamar la atención, ahora les ha dado la tontuna de llamar inteligentes a los envases cuando eso es totalmente imposible. Inteligentes sólo podemos serlo las personas (aunque menos de lo que nos creemos) y ciertos animales domésticos a los que sus dueños, enternecidos con su cariño, no dudan en llamar inteligentes y los más osados de ellos afirman con orgullo que lo son “mucho más que la mayoría de la gente.”
Dejando a un lado las exageraciones, debemos ceñirnos a lo que el adjetivo inteligente quiere denotar aplicado a los envases. Por envases inteligentes se va nombrando poco a poco a aquellos que cumplen nuevas funciones de ayuda a los consumidores, en especial en asuntos de alimentación y medicamentos, y no exclusivamente con la misión tradicional de mantener el contenido en su integridad, a salvo de agentes externos como humedad, calor o frío, e impidiendo la rotura de los preciados envases con la consiguiente pérdida.
Cualquier paciente, tal vez mayor o desmemoriado, agradecería sin duda que el propio envase emitiese una señal sonora como un pitido avisándole de que debe tomar su medicación de inmediato. Pues ese logro ya se ha conseguido con un microchip de RFID. También que un pollo asado muestre su grado de frescura o de lejanía entre el momento de la preparación y el consumo con una simple etiqueta que va cambiando de color según pase el tiempo. Unas almohadillas que absorben el oxígeno en los productos perecederos puede ser otro ejemplo.
Los envases evolucionan aceleradamente con arreglo a la velocidad a que transcurre el mundo. Por eso surgen innovaciones constantes para preservar mejor nuestra salud y mantener los alimentos durante mayor tiempo conservando sus propiedades organolépticas. Sirviendo así a los humanos les permitiremos que se adjudiquen la etiqueta de inteligentes sin serlo, tampoco nosotros lo somos a pesar de que alardeamos continuamente de ello.

Eloy Maestre Avilés